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Ruta del Cacao

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Verde, exhuberante y llena de vida, así es la ruta del cacao. Un viaje que recorre la zona sur del estado de Bahia, la región más importante en producción de cacao en Brasil así como  uno de los únicos lugares del mundo que conserva la Mata Atlántica, una de las selvas más amenazadas del planeta (solo encontrada en Argentina, Paraguay y Brasil).

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Una costa muy poco conocida por el turismo masivo pero muy familiar para todos aquellos que aman la naturaleza, el mar y la cultura baiana. La ruta comienza en Ilheus, la ciudad más importante de la época dorada del cacao, famosa por ser la ciudad que vio nacer a Jorge Amado y que conserva todavía joyas como la catedral de San Sebastián, el teatro municipal o el famoso bar Bataclán. Si seguimos la ruta hacia el norte, nos adentramos en el corazón de la APA (Area Ambiental Protegida) de Serra Grande, zona declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO para la conservación de la Mata Atlántica. De este antiguo bosque neotropical que solía cubrir más del 15% del territorio de Brasil (recordemos que es el 5º país más grande del mundo), hoy en día solo se conserva un 7% del área original (si, hemos devastado el 93% restante).

Por eso allí nos encontramos con la Fazenda Juerana Milagrosa. Una hacienda ecológica que nace del amor a la conservción de este ipresionante lugar, con habitaciones cómodas pero sencillas, una agradable sala común y un restaurante vegetariano donde el 99% de los ingredientes son orgánicos y provienen de la misma finca. Una antigua hacienda de cacao comprada por sus actuales dueños en el año 2.000 solo para impedir que se siga talando y exterminando este importante entorno en pro de otras formas más rentables de explotar tierras como la ganadería o el monocultivo. Hoy en día sigue produciendo un cacao 100% ecológico y ofrece opciones de trekking muy interesantes, baños en cascadas espectaculares, descenso en kayak hasta playas paradisíacas y en definitiva, una conexión con el mundo natural muy especial.

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Alrededor de Serra Grande tenemos otras opciones de alojamiento de distintas categorías como lo es el Txai Hotel, que pertenece a la lujosa cadena de Relais and Chateaux, con un nivel de servicios excelente, en un lugar privilegiado que sin duda hará las delicias del cliente más exigente. Todo siempre bajo el paraguas de la conservación y el respeto a este hábitat tan amenazado y único en el mundo, que en este caso también está involucrado en un importante proyecto para la conservación de tortugas marinas; Proyecto Tamar (www.tamar.org.br/)

En esta zona que recorre desde Ilheus hasta Salvador, el cacao está presente en los paisajes, en la economía y en la cultura de cada lugar, aunque quizás donde más se palpa es en Taboquinhas, un pequeño pueblo al interior de Itacaré a orillas del río Contas donde el cacao se escribe con mayúsculas. Allí, además de un raffting divertidísimo clase IV, existen varias haciendas que explican al detalle el proceso de cómo el cacao se convierte en chocolate. La planta crece con un método tradicional denominado “cabruca”, un sistema de agricultura basado en crecer las plantas de cacao bajo la sombra de los grandes árboles de la Mata Atlántica mediante un proceso de limpieza de matorrales y arbustos pequeños. Gracias a este método (y a pesar de introducir ciertos cambios en la alimentación y comportamiento de las más de 1.600.000 especies que viven en él), el cultivo del cacao es el responsable de que hoy en día todavía se conserve ese 7% de un hábitat tan crucial para nuestro planeta. -Se calcula que 120 millones de personas dependen de este ecosistema (la segunda selva más amenazada del planeta), ya que es la selva quien regula el clima, la temperatura, la estación seca y lluviosa, los acuíferos que abastecen de agua a las grandes ciudades y la fertilidad de los campos.-

En Taboquinhas se encuentra la Hacienda Vila Rosa, una hacienda-palacete con más de 150 años de historia en la que Bibi, el encargado de la finca (y heredero directo del antiguo terrateniente) es el que te lleva de paseo por sus campos, fábrica y hasta por las habitaciones del hotel con historias que te hacen sentir como en 1900. Todo esto en un lugar mágico rodeado por piscinas naturales, una densa vegetación y la niebla tan característica del río Contas.

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En su desembocadura encontramos Itacaré, conocido en el mundo entero por sus olas y playas paradisíacas como Tiririca o Jeribucaçu, lugar de culto para surferos y artesanos que buscan un sitio donde conectar con la naturaleza y alejarse de las grandes ciudades. Un pueblo que conecta mediante un trekking inolvidable de varias horas cascadas, playas, selvas, buceo y  hoteles y restaurantes con muy buena onda. Un pequeño pueblo de calles de arena que mantiene aún el encanto de un pueblo de pescadores, todo ello rodeado de esa espesa selva baiana.

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Siguiendo al norte, nos encontramos con otro lugar mágico; la península de Maraú. Un idílico lugar para terminar la ruta cultural del cacao en lo que son algunas de las mejores playas del litoral brasileño, con una laguna de agua dulce a un lado y en el otro, un mar bravo perfecto para surfear y pescar, combinado también con arrecifes que forman piscinas naturales perfectas para el baño. Todo en pousdas tan especiales como Lagoa do Cassange, perfectamente localizada frente a una de esas piscinas naturales de arrecifes y especializada en turismo colaborativo con comunidades locales, con un proyecto-escuela para llenar el tiempo libre de los niños y jóvenes de Maraú, especialmente Involucrados en el medio ambiente y en mantener su identidad, costumbres y raíces. La posada cuenta con una oferta de excursiones muy interesantes como pesca tradicional con pescadores locales, o noches de samba con las comunidades cercanas.

Todo viaje tiene su fin y que mejor final que en la ciudad de Salvador, en el mítico barrio del Pelourinho, con una buena batucada y una caipirinha, gastando tu tarjeta de memoria fotografiando cada tejado, esquina o lucha de capoeira. Perdido en una puesta de sol en Barra o dando una ofrenda a la diosa Yemanyá en Río Vermelho. Comprando un recuerdo en cualquiera de sus mercados con sus pulseras de colores, estatuas de dioses o collares de semillas. Cenar una deliciosa moqueca junto con una Bohemia y escuchar una canción de Vinicius mientras dices adiós a los baianos, esperando recordar por un tiempo al menos, su eterna sonrisa.

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